Feliz PentecostÉs

En Alemania el lunes después del domingo de Pentecostés es un día festivo. Un recuerdo de la antigua octava de Pentecostés. Lean en continuación una reflexión sobre la llegada del Espiritu Santo en nuestros tiempos.

Aún se encuentra gran parte del mundo afectado por las limitaciones de la vida por el coronavirus. Esto permite ver cuan vulnerable e indefensa se encuentra la civilización. Para nosotros cristianos esto no es ninguna novedad. Nuestra vida en este mundo la entendemos como un viaje aventurado a nuestra verdadera patria celestial, al encuentro con Dios. En todas las épocas este camino está asociado a grandes peligros, tanto espirituales como materiales. La fé cristiana se ha tenido que acreditar ante guerras y persecuciones, pandemias, catástofres naturales, en las pequeñas y grandes tragedias de la convivencia humana. La pandemia hace este aspecto de la vida humana muy ilustrativo. La vida está más amenazada de lo que pensábamos. 

Consciente o inconscientemente muchos cristianos han adoptado el credo de la factibilidad del mundo. El cientificismo podría seguir difundiendo equivocadamente que el avance técnico lograría tarde o temprano hacer de lado los peligros de la vida humana. Si aún no es el caso, debería al menos demostrarse capacidad de acción a través del conteo del número de “casos” y análisis de estadísticas, cuyo escaso valor expresivo es evidente para todos. El futuro mostrará en que proporción las medidas tomadas influyeron en el comportamiento de la pandemia. Del mismo modo se validará, si se requieren en un mundo globalizado otras medidas de protección diferentes a las organizadas por los gobiernos locales. Ojalá que la humanidad demuestre una vez más su capacidad de aprendizaje, y ojalá que no se engañe con la ilusión de que sus condiciones de subsistencia son simplemente realizables. 

El milagro de Pentecostés encontró a la joven comunidad cristiana en una situación de inseguridad y amenaza según nos relata el libro de los hechos de los apóstoles. En el día de Pentecostés viven una fuerza “de lo alto”, a la que llaman el Espíritu Santo y comparan con tormenta y fuego (Hechos de los Apóstoles 2). La trascendencia de este acontecimiento resalta que esto no es fruto de un esfuerzo conjunto (aún cuando ya no se separan después de la Ascensión y permanecen en oración constante). 

La dádiva del Espíritu Santo es un don – el regalo, que por primera vez permite formar parte de la vida de Dios. El tiempo que nace en la Iglesia posterior al día de Pentecostes, no es a todas luces simplemente una historia de éxito. Si bien los propagadores de la fé van con el mensaje de su Maestro hasta los confines de la tierra, su misión es simultáneamente como un aguijón en el avispero del viejo mundo. En un furor inesperado se convierten “los seguidores del nuevo camino” (Hechos 9,1) en víctimas de las ideologías precursoras, que se sienten amedrentadas por creyentes, que con su perspectiva de una vida en el cielo, aparentemente desvirtúan de una manera desatinada la ya acostumbrada lógica interior del mundo. 

¿Cómo será posible una vida comunitaria, cuando una parte de la humanidad ve de reojo una vida incierta después de la vida? En el transcurso de la historia demostraron los cristianos que estaban absolutamente dispuestos a caminar este “valle de lágrimas” (Ps 84,7) especialmente por sus hermanos y hermanas que sufrían.  No lo hicieron a pesar de, si no por su esperanza en el más allá. 

Esta vida es tiempo de preparación para la otra vida, especialmente en el amor. El siervo no puede pasar por alto aquello que es objeto del amor de su Señor. Sin embargo la separación permanece: El Reino no es de este mundo (Juan 18,36). La fuerza viene de lo alto. (Juan 3,3)

Les deseo a todos una fiesta de Pentecostes llena de bendiciones. El apoyo nos enseñará a los cristianos,  todo aquello que debemos saber en esta o en alguna de las muchas crisis futuras.

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