El pecado nos ciega

En nuestras reflexiones durante la semana santa nos basamos en el mensaje del Santo Padre para la cuaresma de este año. Estas platicas nos quieren ayudar vivir mejor la experiencia de estos días – sagrados por la pasión y la resurrección de nuestro Señor. Nos quieren ayudar apreciar mejor el regalo tan grande que Cristo nos dejó en la última cena el día jueves santo, cuando se entregó a los suyos en la celebración de la santa eucaristía y lavándoles los pies como si fuera el esclavo de ellos. Nos quieren ayudar comprender por lo menos un poco más hasta que punto llegó el amor divino en la cruz asomando allí los pecados de toda la humanidad de todos los tiempos. Estas meditaciones nos quieren ayudar entrar nuevamente en el asombro delante de la resurrección del Señor del sepulcro, este momento que cambio el rumbo de la historia de la humanidad, este acontecimiento que no solo cambió la vida de las mujeres y de los apóstoles que encontraban la tumba vacía, sino cambiaba la vida de muchísimos cristianos durante mas que dos siglos. Es necesario prepararse bien para esta semana mas importante en todo el año litúrgico, porque aquí se realiza el centro de nuestra fe: la redención de genero humano.

Permiten, que nos mantengamos primero un momento más en este punto para entender bien, que es esto: la redención. Toda religión tiene como fin establecer una relación del ser humano con lo divino. Los métodos son muy distintos, pero el punto donde empieza todo es muy similar: Como criatura de Dios cada hombre entiende (antes o después) que no puede tener su origen en si mismo, ni en sus padres a antecesores. Toda nuestra existencia nos dice constantemente: „¡Tu no te hiciste a ti mismo! Debe haber alguien mas allá que pensé en ti antes de que existías. Tu dependes de alguien. Hay alguien a lo cual debes tu vida.“ Y una vez aceptado esto los seres humanos normalmente tienen ansiedad de estar en contacto con este principio de lo cual emergieron. Esto es el gran interrogante en nuestra vida: ¿Quien soy yo? ¿Existe un plan para mi vida? ¿Si mi vida es un regalo para mi, ¿que tengo que hacer con este? ¿Que ha pensado este Dios que aparentemente me regaló esta vida a mi? ¿Que espera de mi? Estamos aquí en el origen de la religión en general. En está búsqueda del hombre entra toda religión. El hombre experimenta su propia existencia como una pregunta que queda todavía abierta. Se siente obligado dar una respuesta al hecho de que existe. Tiene que tener algún sentido esta vida. Hay estudios que dicen que el hombre tiene una capacidad enorme para aguantar sufrimientos y tiene fuerzas muy grandes para sobrevivir – mientras que tenga un sentido. Puede sobrevivir enfermedades graves del cuerpo y del alma, puede integrar perdidas muy dolorosas en su vida, puede aguantar rechazos y separaciones, humillaciones y heridas – mientras que tenga un sentido, mientras que le sirva para algo. Y los mismos estudios dicen, que lo que menos puede aguantar el hombre es la falta de sentido. La ausencia de sentido le causa depresión y desesperación. Y la religión nos dice que las respuestas mas importantes y necesarias de nuestra vida se nos dan dentro de una relación con Dios. Solo ahí el hombre encuentra las respuestas que requiere su existencia. Solo ahí encuentra el sentido que necesita para vivir felizmente.

En la mayoría de las religiones el hombre tiene que ejercer muchos esfuerzos para alcanzar este encuentro con Dios, su origen, para obtener respuestas que le dan sentido a la vida. Practicas religiosas como ayunos, sacrificios, oraciones, meditaciones, peregrinaciones, costumbres para guardar, seguir reglas y normas. Muchas religiones tratan así de superar al mundo para llegar al encuentro con lo divino. En la fe cristiana es distinto el modo de proceder. Dios mismo ha tomado todos estos esfuerzos para realizar el encuentro tan anhelado entre Dios y el ser humano. Él se acerca, viene de camino, no se mantiene lejos esperando que el hombre se acerque. Dios sabe muy bien que por ejemplo todos los intentos del pueblo de Dios en el Antiguo Testamento a acercarse a la realidad divina terminaron en fracasos. Las fuerzas humanas para lograr esto siempre terminaron o en la debilidad o en la soberbia.

Nuestra fe cristiana es redentora, es decir: Es Dios que realiza en vez de nosotros todo el esfuerzo para realizar el encuentro de sus criaturas con él. Por nuestras fuerzas tan limitadas nunca hubiéramos dado ni un solo paso al encuentro de Dios. Dios incluso ha tumbado el obstáculo mas grande para la relación de los hombres con el: la realidad del pecado. Y le costó un precio bastante alto, le costó la vida de su hijo. Y precisamente esto estamos celebrando en la Pascua. Esta es la fiesta de nuestra redención.

Y como el hombre puede nada más que recibir el don de su liberación, y no se lo puede dar a si mismo, hay que desarrollar una actitud de recibir. Si ya lo tenemos todo, ¿como vamos a recibir algo? Aquí podemos entrar en la parábola del hombre rico y del pobre Lazaro, que propuse el Santo Padre como base de su mensaje para esta cuaresma. Escuchemos nuevamente estas palabras:

„Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y de lino fino, y banqueteaba cada día espléndidamente. Y un mendigo, llamado Lázaro, se estaba tendido a su puerta, cubierto de úlceras, y deseando saciarse con lo que caía de la mesa del rico, en tanto que hasta los perros se llegaban y le lamían las llagas. Y sucedió que el pobre murió, y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán. También el rico murió, y fue sepultado. Y en el abismo, levantó los ojos, mientras estaba en los tormentos, y vio de lejos a Abrahán con Lázaro en su seno. Y exclamó: „Padre Abrahán, apiádate de mi, y envía a Lázaro para que, mojando en el agua la punta de su dedo, refresque mi lengua, porque soy atormentado en esta llama“. Abrahán le respondió: „Acuérdate, hijo, que tú recibiste tus bienes durante tu vida, y así también Lázaro los males. Ahora él es consolado aquí, y tú sufres. Por lo demás, entre nosotros y ustedes un gran abismo ha sido establecido, de suerte que los que quisiesen pasar de aquí a ustedes, no lo podrían; y de allí tampoco se puede pasar hacia nosotros“. Respondió: „Entonces te ruego, padre, que lo envíes a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les dé testimonio, a fin de que no vengan, también ellos, a este lugar de tormentos“. Abrahán respondió: „Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen“. Replicó: „No, padre Abrahán; pero si alguno de entre los muertos va junto a ellos, se arrepentirán“. El, empero, le dijo: „Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se dejarán persuadir, ni aún cuando alguno resucite de entre los muertos“. (Lc 16, 19-31)

Los dos personajes de la parábola reflejan toda la tragedia del sufrimiento humano. Pero los dos de una manera muy distinta. Mientras el mendigo Lazaro está sufriendo de la miseria de la pobreza, de la enfermedad y del abandono, el hombre rico sufre de un mal mucho mas profundo. Para Lazaro hay después de una vida muy dura consuelo y recompensa, para el rico en cambio no. Su problema – aunque siendo rico y sano en este mundo – está mucho más grave y no puede ser solucionado tan fácilmente. Su tragedia es una triple alienación: de Dios, de si mismo y de sus prójimos. Y la separación, el aislamiento, la imposibilidad de entrar en comunicación son características muy típicas de todo tipo de pecado. Cada pecador sufre de ellas.

El Santo Padre destaca que el hombre rico de la parábola ni siquiera tiene un nombre. Solamente es llamado „hombre rico“. Pero el nombre de una persona es de mayor importancia, es signo de su personalidad, su existencia individual y concreta. El que tiene nombre puede ser llamado por los demás y por Dios. A través de nuestros nombres podemos entrar en la comunicación con los demás. El que no tendría nombre quedaría aislado y solo. Nuestro nombre refleja nuestra personalidad que recibimos de Dios. Todos nosotros recibimos el don de ser alguien concreto e individual. Tener una personalidad, un nombre inconfundible también es un requisito para nuestro encuentro con Dios mencionado antes. Ya sabemos que este encuentro para nosotros es esencial. En este encuentro recibimos todo lo que necesitamos para una vida digna y llena de sentido. El hombre rico en cambio se califica solo por sus riquezas. Es como si hubiera olvidado su propio nombre. Por eso vive separado de los demás, a lo mejor con otros familiares ricos. Ya no está al alcance para los demás.

„Su opulencia se manifiesta además en la ropa que viste, de un lujo exagerado.“ Nos recuerda el Papa, que „la púrpura, en efecto, era muy valiosa, más que la plata y el oro, y por eso estaba reservada a las divinidades (cf. Jr 10,9) y a los reyes (cf. Jc 8,26).“ El apóstol Pablo dice que «la codicia es la raíz de todos los males» (1 Tm 6,10). „Esta es la causa principal de la corrupción y fuente de envidias, pleitos y recelos. El dinero puede llegar a dominarnos hasta convertirse en un ídolo tiránico (cf. Exh. ap. Evangelii gaudium, 55). En lugar de ser un instrumento a nuestro servicio para hacer el bien y ejercer la solidaridad con los demás, el dinero puede someternos, a nosotros y a todo el mundo, a una lógica egoísta que no deja lugar al amor e impide la paz.“ La vestidura del hombre rico nos muestra exactamente esto: se sometió debajo del poder del materialismo. Intenta aparecer lo que no era. Se viste como rey que no era. Y este contraste entre la vida interior de una persona y su apariencia causa muchos conflictos hasta llegar a la corrupción en la cual el pecado se ha vuelto habitual y normal. Dice Papa Francisco: „Por tanto, la riqueza de este hombre es excesiva, también porque la exhibía de manera habitual todos los días: «Banqueteaba espléndidamente cada día» (v. 19). En él se vislumbra de forma patente la corrupción del pecado, que se realiza en tres momentos sucesivos: el amor al dinero, la vanidad y la soberbia (cf. Homilía, 20 septiembre 2013).“
El hombre rico tiene ropa muy preciosa para cubrir el vacío interior. Quizás tenia una idea de su desesperación, de su vacío interior. Pero lo quiere ocultar, no quiere que alguien se entere de su tristeza desesperada. Las llagas del pobre mendigo Lazaro en cambio están expuestas para la vista de todos incluso para los perros que le lamían las heridas.

¿En que consiste el pecado del hombre rico entonces? Nunca logró recibir de verdad algo de Dios. No le hacía falta. No había necesidad pedirle algo a Dios. Pero lo más importante en la vida solo podemos recibir. „Su personalidad de desarrolla en la apariencia. Pero la apariencia esconde un vacío interior.“ Y esta „dimensión más superficial“ le impide ver su propia personalidad y su misión que tenía de Dios. Se puso ciego para las personas necesitadas a su alrededor. El pobre Lazaro por ejemplo hubiera sido parte de la misión del hombre rico. Quizás Dios puso el pobre Lazaro en la vida del hombre rico para que él pueda aprender a amar y encontrar así el sentido de la vida. Su pecado era que nunca en su vida preguntó por la existencia que tenia Dios para el, quiso dársela a si mismo. No tenia la humildad de recibir algo tan importante como un nombre, una existencia, una misión. Su pecado era que siempre pensaba que todo aquello ya lo tenia y lo tenía mucho mejor.

El pecado siempre empieza con la falta de confianza. Así fue en el paraíso, cuando Adán y Eva muy pronto ya no estaban tan convencidos que Dios era bueno para ellos. Se habían enterado por medio de la serpiente que estaba prohibido por Dios comer de un solo árbol del jardín. Y esto era suficiente para despertar la desconfianza en ellos: „Si es así, Dios no puede ser bueno con nosotros como pensábamos.“ Y el rico de la parábola en cambio no tenía porque confiar en Dios. Es mucho más fácil confiar en lo evidente, en lo que poseo de verdad, en lo que tengo por seguro. ¿Para que arriesgar lo cierto por lo inseguro? Pero al final resulta que no tiene nada, menos lo más importante: una relación con Dios, el origen y la fuente de la vida. Pero tengamos mucha precaución en juzgar estas actitudes, porque todos nosotros somos así. El pecado nos ciega también a nosotros.

Nosotros también estamos en peligro de olvidar nuestros propios nombres como hijos de Dios. Nos podemos olvidar de nuestra filiación divina, de nuestra existencia como criaturas de Dios que es nuestro Padre. Entonces intentamos de darnos otros nombres que no son los nuestros. (La cultura actual aparentemente nos quiere dar su nombre favorito igual para todos nosotros. Y este nombre es „consumidor“. Nos quiere como bajo el yugo suave del materialismo. Ahí todo es agradable y cómodo, pero al final carece de sentido.) Entonces intentamos a la fuerza darle sentido a nuestra vida. Y, creenme, no hay cosa más fatigosa que el intento darle sentido a su propia vida. Muchísima gente hoy en día se cansa en esto hasta el agotamiento: darle sentido a su vida a la fuerza. Pero este sentido ya está aquí. Solo le deberíamos descubrir y recibir.

Y también nosotros estamos en el peligro de cubrir nuestra situación de miseria con vanidades. Ya vimos que la miseria del hombre rico era más grande en los ojos de Dios que la del Lazaro. Para la tragedia de Lazaro hubo remedio, para la del hombre no tan fácil. No tengamos miedo mostrarle nuestra debilidad a Dios y de repente a los demás. Lazaro no se ocultó de la gente, estaba visible en toda su enfermedad para los demas. Y sobre todo Dios lo veía en cada momento de su vida. El que no veía nada era el hombre rico. Su pecado le hacia ciego.

Esta parabola nos muestra de una manera buenísima que significa para nosotros cristianos vivir como redimidos por Dios. Aunque hemos hablado mucho de que todo en la vida depende de recibir un regalo de Dios: el regalo de nuestra existencia, el don que son los otros, el don que es la presencia de Dios en nuestra vida, también queda una parte bien importante para nosotros: dar una respuesta a estos dones. Nuestra vida como cristianos nos es pasividad recibiendo las gracias de Dios sin hacer nada. Todos estos dones nos invitan a dar una respuesta adecuada. Hay una pequeña historia que nos muestra como Dios nos ayuda incluso a dar una respuesta a él.

Habia un niño pequeño que quería darle un regalo a su papá. Pero como no tenía dinero para comprar uno, le pide a su papá por unas monedas para comprarle un regalo. Y el padre se las dio con mucho gusto. Y ahora el niño pequeño se da cuenta que no puede ir a comprar solo y nuevamente tiene que pedir ayuda a su papá. Y sonriendo el papá esta de acuerdo y los dos se van a la tienda. El regalo que le gustó al niño para su papá esta muy arriba. El chiquito pide al papá si le puede apoyar en alcanzarlo. Y el padre lo hace con muchos cariño. El niño paga el regalo con el dinero que el Padre le había dado y se regresan a su casa. Ahí el niño muy orgulloso y contento le entrega a su papá el regalo. Bonita historia y ¿nada más?

¿No es que el papá se dio un regalo a si mismo, finalmente? Si el dinero es de él, si le tenia acompañar a su hijo a la tienda, ¿no es que el se compró algo para si mismo? Creo que no es así. Este padre dio la oportunidad de ser bueno y de amar a su hijo. El padre sabía que el hecho de regalar algo va a hacer muy feliz a su hijo. Y por eso aceptó y le regaló a su hijo esta experiencia de poder amar y regalar y dar una respuesta al amor del padre.

Así es Dios con nosotros. Nos ayuda incluso a dar una respuesta adecuada a su amor divino, porque que esto nos va a hacer felices. Nos ayuda no solo salir de nuestros pecados sino nos da también la oportunidad de llevar una vida de amor y de sentido.

P. Mathias Faustmann

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